
Artículo gentileza Diario El Mercurio
REVISTA DEL DOMINGO, Domingo 12 de Diciembre de 1999
Rally
La última burrada del siglo
Recorrer 1.800 kilómetros de Patagonia no es fácil. Menos aún
si se hace arriba de automóviles con casi 70 años de carrete.
Pero se hizo. En los pueblos por donde atravesó la caravana de burras
todo fue una fiesta, mientras al interior de los vehículos todo era
un desafío. El rally puso a prueba la historia.
Por Juan Pablo Meneses, desde la Patagonia
fotografías de Guillermo Farías
Todos están nerviosos. Preocupados. Algunos se frotan las manos y otros preguntan insistentemente dónde están los vehículos. Acabamos de aterrizar en Puerto Montt y el grupo de participantes no aguanta la ansiedad de reencontrarse con sus cacharros (que salieron de Santiago en camión tres días antes). El sol de Angelmó entibia y la brisa despeina a más de uno, pero nada los distrae. Parece que llevaran demasiado tiempo separados de sus automóviles. A estas alturas, el grupo parece formado más por una convención de papás aprensivos que por pilotos de autos antiguos. "¿Dónde están los niños?", preguntan. Y un guardia del puerto les contesta que están en el muelle, listos para embarcarse en El Colono. Los pilotos salen disparados hacia ese lugar.
"Allá están", grita uno, dando comienzo a la aventura. La imagen es contundente. Diecisiete autos antiguos, muy bien mantenidos, estacionados uno junto al otro, como si se tratase de una congestión de los años 30. La televisión local y algunos diarios reportean la noticia. Los pilotos sacan paños de los bolsillos y comienzan a limpiar las carrocerías. Los revisan una y otra vez, les bajan los vidrios para que respiren, les dan agua para el calor y más de uno los acaricia con afecto. En mitad de la escena uno de los organizadores reparte afiches que dicen: "Rally: La última aventura del siglo. Organiza: Club de Automóviles Antiguos de Chile".
"Vamos a recorrer 1.800 kilómetros en siete días. Salimos de acá, de Puerto Montt, y esperamos llegar a Punta Arenas el próximo sábado. Ojalá podamos llegar todos vivos", le dice Gerardo Kalbhenn, en tono de broma, a una reportera de la zona. Kalbhenn es alemán, lleva más de treinta años en Chile y en su cara parece que tuviera escrita la leyenda alma de la fiesta.
Son las once de la noche. Zarpamos. Con cinco horas de atraso y con toda la flota de burras en la planta baja, El Colono inicia la navegación hacia el sur. Las luces de Puerto Montt van quedando atrás. En cubierta, el viento frío congela cualquier reclamo. En el comedor, entre tanto, se consuma el primero de una seguidilla de brindis entre los protagonistas de la historia: los pilotos y copilotos de la última aventura del siglo. Las risas vienen rápido y con ellas las anécdotas de autos, las bromas personales y los chistes gruesos. Un verdadero aperitivo para soltar los músculos en vista de lo que viene: una semana juntos.
Entre los islotes del sur el mar parece una carretera oscura, ancha y lenta. El paisaje emboba, pero los aventureros sólo quieren estar sobre el asfalto. Luego de veinticinco horas, El Colono llega al primer destino: Puerto Chacabuco. Son las doce de la noche. Pese a la hora, la comunidad sureña se trastorna: del transbordador rojo que siempre les lleva alimentos y los saca del aislamiento, ahora están bajando muchos autos antiguos que parecen de museo.
LAS CAMAS DE PUERTO CHACABUCO no alcanzan para el alza repentina de la demanda hotelera (somos 42 personas: diecisiete pilotos, diecisiete copilotos y ocho acompañantes). Por ello, la mitad de la caravana parte esta misma noche a Coyhaique. "Nos juntamos mañana a las diez en la plaza", dice Jesús Diez, quien lidera al grupo que enfila hacia el sur. El resto de las burras se queda en la hostería de Puerto Chacabuco. El reloj indica la una de la mañana.
Dos horas más tarde, un llamado telefónico moviliza a los pilotos: justo en la mitad de los 73 kilómetros que nos separan de Coyhaique está botado uno de los autos. Es un Chevrolet Cabriolet de 1930 que pilota Günther Mund junto a su hija Kristina. La pana: rotura del eje trasero. Una camioneta con dos mecánicos parte al rescate.
A las siete de la mañana el grupo que se quedó en Chacabuco toma desayuno. Recién ahí se informan de la pana del Chevrolet. No ha pasado un día del rally y parece que estamos frente a la primera baja. A las ocho en punto el grupo de Chacabuco sale hacia Coyhaique para encontrarse en la plaza a la hora señalada. Sin embargo, como un mal presagio, a los cinco minutos de marcha la caravana se detiene. Una nueva falla. El Ford Fordor de 1929 que maneja Fernando Arellano tiene una pana de motor. "A este paso vamos a llegar en un mes a Punta Arenas", bromean los pilotos que van en auxilio del auto de Arellano. Le sacan el filtro y parte.
Cuando se junta todo el grupo en el centro de Coyhaique hay conmoción local. Los vecinos salen a mirar, los niños tocan las ruedas y se toman fotos sobre el lomo de las burras. Un canal regional de televisión entrevista a los pasajeros. Para los habitantes de Coyhaique los autos se ven bonitos y alegres. Sin embargo, dentro del grupo hay cierta preocupación. "El Chevrolet de Mund está en un taller donde le van a soldar el eje, veremos si en la tarde está listo. Por mientras nosotros seguiremos la ruta", dice Gerardo Kalbhenn con voz de mando.
Desde el centro de Coyhaique a Puerto Tranquilo hay 223 kilómetros. En este trayecto se quedarán en pana otros dos vehículos (un Lincoln turismo de 1930 al que se le queman los discos de embrague, y una limusina Buick de 1931, a la que le falla el sistema multidisco también del embrague). El piloto de esta última es Willem Grondhuis, quien estuvo todo un mes con el auto en el taller incluida una nueva mano de pintura para no tener problemas en la ruta. 40 kilómetros al sur de Coyhaique la limusina no da más y debe desertar. Es el fin: la suben a una camioneta para devolverla a Santiago. La esposa de Grondhuis, que va de copiloto, no aguanta la pena y llora.
Pero el rally debe seguir. El resto de las burras avanzando, a paso lento (promedio, 50 kilómetros por hora) pero sin tregua. Así atravesamos los poblados de El Blanco, La Bajada, Laguna Cofré, Puerto Murta (donde algunos compran bencina en garrafas) y Puerto Tranquilo. La carretera serpentea entre cerros de verde espeso y lagos con aguas esmeralda y celeste. Hasta que llegamos al refugio, el mismo donde se hospedaba John Denver cuando venía a Chile a pescar.
La primera noche se llena de brindis y palmoteos de espalda. Pese a que algunos viajan con sus esposas, el grupo parece sacado de un internado de hombres. El tema de los motores y las panas no tiene rivales. Al finalizar la comida, algunos meten cubos de hielo en la espalda de sus amigos y las pelotas de miga de pan rajan el aire del comedor.
Al rato aparece una guitarra y Omar Quezada, rancagüino que maneja una Ford Pick Up del 29, monopoliza la voz mientras el resto se conforma con corear un par de boleros y gritar a todo pulmón "El rey", de Pedro Vargas. Algunos se van a acostar, pero la mayoría se entretiene con chistes y bromas personales de grueso calibre.
Ha sido un día agotador. Hay tres autos menos, pero el ánimo no decae.
HOY VAMOS A CRUZAR LA FRONTERA. Algunos dicen que los argentinos sí que son tuercas, que ahí sí que los van a valorar como se merecen y que quedarán boquiabiertos con las burras. "Allá se conocen estos autos y se respetan los vehículos antiguos", dice Mario Vega, un piloto de Concepción, minutos antes de iniciar el tercer día de rally. La jornada será de 247 kilómetros entre Río Tranquilo y Perito Moreno. "Este será el tramo más peligroso y difícil; manejen con cuidado", advierte Jaime Torrent y el resto responde con bromas. Torrent es el vicepresidente del Club de Autos Antiguos de Chile (fundado en 1967) y en el viaje las hace de productor de ruta.
Quince autos salen de Río Tranquilo (el Chevrolet del eje roto ha vuelto a la caravana luego de pasar toda la noche en un taller mecánico de Coyhaique; en cambio, el Buick y el Lincoln tendrán que volver a Santiago), y a los 63 kilómetros, en Puerto Guadal, algunos aprovechan de rellenar los estanques. Estos autos dan un promedio de 5 kilómetros por litro. Antes usaban 81 octanos y ahora se alimentan de 93 con plomo, combustible que en Puerto Guadal cuesta 365 pesos el litro.
La cuncuna de motores y fierros se estira. Supuestamente esto no se trata de una competencia, pero a ninguno de estos pilotos le gusta quedar atrás. Cuando se adelantan se tocan la bocina. En la punta va Rodolfo Postigo y su señora, sobre un Ford Fordor de 1929 al que le aprietan el acelerador hasta estrangularlo. Al final del grupo varios kilómetros más atrás vienen Nacor Jatz, su mujer y su hija Verónica a bordo de un Paige de 1917 que no pasa los 40 km/hr y que tiene que parar a cada rato para no recalentarse.
Entre Guadal y Chile Chico hay 115 kilómetros de máxima aventura. Subidas, pendientes, curvas peligrosas y precipicios. El sueño de un motorista enduro, claro que esta vez arriba de unas burras de más de 60 años. El lago General Carrera nos acompaña todo el trayecto y la calma de sus aguas contrasta con el camino de ripio por donde transitamos. Las curvas y contracurvas cerradas hacen transpirar a los vehículos antiguos. El corazón de los pilotos se acelera y algunas mujeres (diez en total) se agarran de los asientos como en un parque de diversiones, aunque acá nada las hace reír.
"Lo bueno de estos autos es que andan muy bien en las subidas y fueron hechos para caminos de tierra. Son unos verdaderos tractorcitos. Lo malo es que en las bajadas tienen muy mal freno. Hay que usar pura palanca de cambio", había dicho la noche anterior alguien que se creía experto y, efectivamente, en las subidas las burritas escalan apenas pero suben, y en las bajadas agarran mucho vuelo y hay que engancharlas, haciendo chillar la caja de cambios justo antes de una curva cerrada con precipicio.
Luego del tortuoso tramo en el lago General Carrera, aparecemos en el asfalto de la única calle pavimentada de Chile Chico: Avenida OHiggins. Chile Chico tiene 2.216 habitantes y de ellos, por lo menos 200 se agolpan sobre las burras y saludan a los pilotos. Los Carabineros se toman fotografías junto a los autos y más de algún piloto firma autógrafos. "La gente nos demuestra mucho cariño. Despertamos simpatía y por eso uno tiene que darle tiempo a la gente, firmarles algún autógrafo y tomarte una foto con ellos junto al auto", dice Jorge Macan sin gastar tiempo en pasar por modesto. Él, junto a su hermano y su hijo, van arriba de un Chrysler de turismo de 1928, que ellos mismos reconstruyeron y que parece recién salido de fábrica.
Son las seis de la tarde y aún falta que llegue un auto a Chile Chico. Algunos temen lo peor: tal vez no sortearon una curva cerrada y ahora están con el motor flotando en el lago. En mitad de esas conjeturas, la advertencia del asesor del alcalde los pone en alerta: "La aduana la cierran a las ocho". El nerviosismo vuelve a la troupe. La mayoría de los pilotos se sube a las burras y enfilan hacia el paso fronterizo. Nadie está dispuesto a quedarse una noche en Chile Chico esperando rezagados. A las siete de la tarde una llamada de Carabineros lo explica todo: "Venimos remolcando un auto de 1917 que tiene unas ruedas que parecen de bicicleta. Se quedó muerto en una de las subidas empinadas. Llegamos a Chile Chico en una hora".
El resto del grupo atraviesa hacia lado argentino sin problemas (la mayoría ha hecho malabares para conseguirle papeles a estos autos). Los gendarmes del paso "Los Antiguos", en la provincia argentina de Santa Cruz, miran los vehículos con simpatía y se toman fotos. Los habitantes levantan las manos al paso de los autos y el afecto de la gente, repetido en todos los pueblos, comienza a perder valor. En la noche, todo el grupo come en Perito Moreno. Hay risas y bromas (a uno con fama de apretado lo bautizan como El Piñata: "Hay que darle un palo para que se raje"), pero mucho menos que el día anterior. El cansancio se comienza a sentir. Nacor Jatz, quien viene con su familia en el auto de 1917, se queda rezagado en Chile Chico. El resto del grupo dejará mañana, muy temprano, el pueblo de Perito Moreno.
UN GRUPO DE NIÑOS argentinos, de la Escuela N12 de Perito Moreno, llega a las ocho de la mañana a ver los autos. Vienen acompañados de la directora del establecimiento, Remedios Escalada. La mayoría toma apuntes y hace preguntas del tipo "¿de qué año es este Ford?", "¿cuánto gasta el Lincoln?". Los pilotos de las burras se sorprenden y marcan el acento en la cultura tuerca trasandina.
En todo Perito Moreno (nombre con que se le rinde honor al navegante Pascacio Moreno, el primero en llegar a la zona) viven cuatro mil habitantes, y de ellos cerca de cien salen a saludar el paso de nuestra caravana. La escena es la misma que en los sitios anteriores: bocinas, saludos de mano, aplausos y sonrisas. "Estos autos despiertan mucha simpatía. Toda la gente se alegra. Muy rara vez nos gritan cosas feas; ofensas del tipo váyanse a acostar o viejos ridículos o pintamonos vanidosos. Pero la mayoría nos quiere, y mucho", dice Darío Bobadilla, un Coronel (r) de la Fach que maneja una Ford A de 1930 y que responde todos los saludos con un bocinazo y un gesto de mano.
En la Patagonia argentina estamos tres días. El primer trayecto lo hacemos entre Perito Moreno y la Estancia Angostura: aquí pasamos la noche y nos comemos un cordero al palo. Antes de dormir, en una charla acompañada por la fogata y varios brindis, algunos pilotos hablan de futuras compras de autos, otros presentan sus vidas como ejemplo ("miren de dónde vine yo y a dónde he llegado") y no falta el que dice extrañar a su mujer y saca una foto. Así entramos a la madrugada.
El segundo día en la Patagonia transandina está marcado por el frío y la monotonía del paisaje (seco y ventoso) que sólo varía con la aparición de alguna llama, un quirquincho o una liebre que se cruza en el camino. La carretera 40 es de tierra y muy poco transitada. Un pinchazo, como le ocurre dos veces al Ford que conduce Darío Bobadilla, significa estar casi dos horas en mitad de la nada.
La mayoría de estos autos tiene una historia que da para novela (uno estuvo varios años guardado en la iglesia de un fundo expropiado, otro descansó por décadas en una bodega de Valdivia y varios fueron cortados y usados como camionetas por feriantes y gitanos). La tarea de refaccionarlos dura varios años. Se consiguen piezas por aquí y por allá (mucho internet e importación de repuestos de Estados Unidos) en lo que se asemeja al armado de un puzzle. En toda esta labor es clave el papel de los busquillas, como se conoce a los mecánicos que se encargan de conseguir repuestos, buscar cacharros viejos para refaccionarlos y arreglar los papeles.
La última noche en Argentina dormimos en El Calafate, un pueblo adaptado como verdadero duty-free (todas las tiendas del poblado venden tures y equipamiento para los gringos-aventureros-que-vienen-a-mochilear-al-sur-del-mundo). En El Calafate parece que el idioma oficial es el inglés.
Esa noche hay una comida que reúne a todo el grupo (menos Eugenio Retamal y su señora, que pilotan un Hudson sedan de 1931 y que deben pasar toda la noche en un taller mecánico por una pana grave). En realidad acá todo se hace como tribu y el peligro para los intrusos es caer en el más absoluto aburrimiento temático. La tabla de contenidos se divide en dos: por una parte, asuntos tuercas ("me dieron el dato de un Ford T que está botado en Rancagua", "tengo listo un Mercedes Benz del 39 que está desarmado en Lo Barnechea", "¿viste cómo solucioné el problema de los pistones?", "¿en qué autos estás trabajando ahora?"); y, por otra, historias que sirven para levantarse el ánimo y el ego ("un viejo me dio las gracias porque vinimos acá; me dijo que mi Ford le traía recuerdos de su niñez", " a mí me pasó algo increíble: fuimos al glaciar Perito Moreno, estaba lleno de alemanes, y cuando llegamos los gringos dejaron de lado el glaciar y se pusieron a tomarle fotos a mi burrita, fue fantástico").
Estamos cansados. La ventana de las burritas entrega una película repetida: plano, seco, viento. Volvemos a Chile por el paso Don Guillermo en el pueblo argentino de Cancha de Carrera. Algunos se sacan fotos en el cartel de Bienvenido a Chile. Cada vez queda menos de viaje. De Nacor Jatz, el de la burrita de 1917, el que no pasó la Aduana, nada se sabe.
LAS TORRES DEL PAINE parecen una peregrinación. Está lleno de europeos y estadounidenses que cargan pesadas mochilas y suben caminando con la devoción y el sufrimiento de un peregrino de Lo Vásquez. La primera noche el grupo se divide entre los que duermen en carpas (o dentro de sus autos, como Jesús Diez) y los que descansan dentro del refugio. Al día siguiente que según el programa será jornada de descanso la caravana vuelve a separarse. Por un lado, están los que gastan la mañana en revisar sus autos y en la tarde enfilan hacia Puerto Natales. Los otros, que son minoría, se inclinan por el trekking y luego de caminar cuatro horas llegan hasta las torres. Gerardo Kalbhenn, Federico Strauss, Jesús Diez, Marisol Medel, René Abuhadba, Günther Mund, Marcial González, Alfonso Esteva y Fernando Arellano son los que hacen cumbre. Al día siguiente, ninguno de ellos puede caminar, pero se dan tiempo para ufanarse de la hazaña.
¡Oh sorpresa! Esa misma noche aparecen Nacor Jatz, su mujer y su hija a bordo del Paige de 1917. Nacor gasta varias horas contando todas las peripecias de su ruta en solitario.
El grupo se vuelve a juntar en la plaza de Puerto Natales. De ahí la escolta que nos guía hasta la salida para enfilar al destino final: Punta Arenas.
A la entrada a Punta Arenas nos esperan cinco autos antiguos, arreglados por gente de Magallanes, que aplauden nuestro paso y hacen sonar las bocinas de sus propios cacharros. Eso emociona al grupo. "Somos unos locos que nos agrupamos para hablar de autos y pasarlo bien entre amigos. Cómo no va a ser lindo saber que en Punta Arenas hay gente tan rayada por los autos como nosotros. No estamos solos. En todo el mundo hay gente como nosotros", dice Darío Bobadilla y parece que tuviera un nudo en la garganta.
La parada final es en la Costanera del Estrecho. Ahí nos estacionamos y escuchamos que alguien grita: "Llegamos". Los pilotos se abrazan, se felicitan. La prensa local interroga sobre la hazaña. Una productora los invita a un programa de televisión, en directo, que se transmitirá esa noche. Y esto ocurre a las once, cuando un grupo de cinco pilotos llega a los estudios del canal ITV Patagonia. El animador del programa Senza Tempo los presenta como héroes. Las cámaras los enfocan en primer plano. Están felices. La gente de la Patagonia les reconoce el esfuerzo. Quince autos han cumplido la meta, lo que en estas circunstancias es todo un récord. Claro que para llegar hasta aquí los pilotos, y sobretodo los autos, han tenido que recorrer una larga historia.
Cacharros mundiales
Los rallys de autos antiguos son una vieja tradición mundial. Como toda tribu que se precie, cada evento de éstos termina resultando una verdadera fiesta.
El evento más importante de este tipo es la "Mille Miglia" (mil millas), que se corre anualmente en Italia. Otra cita europea importante es la "2000 km durch Deutschland", que se realiza en Alemania durante ocho días del mes de julio. En Estados Unidos es célebre el rally "Route 66", donde los vehículos deben recorrer la autopista que une Chicago y Los Angeles. Aquí corren autos antiguos de todo el mundo que se separan en categorías según año de fabricación.
En Sudamérica Argentina lleva la batuta (aunque Brasil y Uruguay tienen muy buenos rallys). Hace un mes, 250 pilotos de todo el mundo participaron en la versión argentina de las famosas "Mille Miglia" italianas. Entre los participantes estaba Ralph Schumacher -piloto de Fórmula Uno y hermano de Michael, campeón mundial en esa categoría- quien aprendió a conducir en un vehículo de 1936.
En Chile, el Club de Automóviles Antiguos realiza un rally grande al año (esta vez fue cruzar la Patagonia, pero antes se habían ido de Santiago a Arica, y otra vez cruzaron la Carretera Austral), y varios recorridos más breves. El más conocido es el rally a Puerto Velero, que se corre en el mes de agosto.
Cafetera voladora
El auto de Nacor Jatz (un Paige Detroit de 1917) fue el más antiguo del rally. Pero esa no es su única gracia. El vehículo de Nacor es el único, de los 17 participantes, que está conservado y no restaurado, como el resto.
"Es completamente original, con todas sus piezas de fábrica", y muestra con orgullo los tapices (de cuero octogenario), el motor (una belleza metálica), las ruedas (sólo los neumáticos se cambiaron), y las bocinas, verdaderas trompetas de bronce. Arriba de su burra muy parecida a la de los "Beverly ricos" Nacor y su familia han participado en rallys en toda Sudamérica y Europa. La última participación importante fue en el rally de Alemania. Ahí Nacor y su Paige consiguieron varios premios, destacando el de auto mejor conservado, por su burra, y el de mejor colaborador en la ruta, por él.
El viejo y querido Ford A
La Ford quería construir un vehículo económico y popular,
y lo hizo. Mucho antes de que apareciera el escarabajo y la citroneta, el
mundo ya conocía el primer automóvil masivo: el Ford A.
El Ford A se construyó entre los años 1928 y 1931, y de él
se hicieron siete modelos diferentes. Su llegada a Chile fue todo un éxito
(andaba muy bien en caminos de tierra y rendía una buena cantidad de
kilómetros por litro), así que en poco tiempo Santiago se llenó
de autos de ese modelo.
¿Por qué se les dice burritas?
Eso también se debe al Ford A. Hasta su llegada al país, todos los vehículos se hacían andar girando una manivela que iba directa al motor. Como el Ford A traía la novedad del motor de dos tiempos, muchas veces la manivela era rechazada por el motor y la mandaba de vuelta con un golpe seco, duro. A alguien se le ocurrió decir que ese golpe era igual a la patada de una burrita. El resto es historia.
La ruta de las burras
La partida fue en Puerto Montt, de donde salieron diecisiete vehículos. La meta estuvo en Punta Arenas, a donde no pudieron llegar todas las burritas. En el camino, los inconvenientes mecánicos más frecuentes fueron la calentura de motor, los pinchazos y la clásica pana de bencina.
El trayecto de este rally de autos antiguos tuvo de todo: mar, asfalto y ripio. En total fueron 1.800 kilómetros de un recorrido que duró siete días y que cruzó la Patagonia en el lado argentino y chileno.