Pasadas las 2 de la tarde llegamos a Requínoa. Elena nos esperaba con muchas visitas ilustres, y todos vestidos a la usanza de la época.


El lugar, declarado monumento nacional, es simplemente espectacular, y en sus patios y alamedas estacionamos los T.


Complementando el espectacular recibimiento, nos agasajaba un grupo de cantantes de ópera del Teatro Municipal de Santiago con melodías de principios del siglo XX, principalmente de Gerschwin. En el intermedio tomó la palabra Juan Borghero para agradecer la recepción y contarnos anécdotas del modelo T.


Tras una segunda presentación de los artistas, pudimos compartir con ellos un agradable almuerzo entre los árboles del jardín.


Jaime y Elena animaron luego una entretenida entrega de premios y estímulos a los participantes.


La tarde caía ya y los pilotos comenzaban a preocuparse. La aventura debía continuar.


El auto de Jaime como lo vimos todo el día, sin arranque y partiendo empujado. El destino eran las Termas de Cauquenes. Madre e hija mostraban sus atuendos antes de partir.

Dejábamos la casa de Elena con añoranzas de aquellos lindos años.


Dos autos se nos habían unido durante la comida, el de la dueña de casa y otro proveniente de Santiago. Ambos no pudieron partir en esta ocasión.


A la mañana siguiente, el sol nos recibía con beneplácito en la cordillera de la sexta región. Partíamos de vuelta al valle, estábamos invitados a almorzar a Codegua.


Para llegar allá, el camino no estaba excento de vaivenes. Primero veíamos a algunos que se apuraban más que otros, luego recién entrábamos en el hábitat natural del T: los caminos de ripio.


Llegando a destino, cruzábamos puentes de madera dignos de fotografiarse.


A las 13:30 horas llegábamos al campo de Fernando, quien gentilmente nos había convidado a comer. Grata sorpresa fue encontrarse con los corderos que degustaríamos...


A la sombra de algunos árboles continuaba la tertulia, incluso con un pequeño "mercado de las pulgas" de piezas de la época.


Tras el almuerzo, Jesús nos invitó a conocer su campo, vecino al anterior. Sin embargo, sólo dos autos intentaron cruzar el vado de río hasta allá. Ambos quedaron en el intento, y debieron ser remolcados. Esto nos recordó que los Ford T tienen muy poca potencia, apenas 20 hp.

Tras ir a dar la vuelta por el camino oficial, el T amarillo ya no andaría más. Al menos alcanzó a llegar a la última parada del paseo.


Tras conocer algunos de los autos y maquinarias antiguas en los galpones, concluía este genial evento, y comenzaba el regreso a Santiago.